Es muy difícil que una alternativa a Twitter o a Facebook tenga éxito desde cero. Sobre todo, por el efecto red. Conectar de nuevo con todos nuestros amigos y seguidores en otra plataforma que ofrece más o menos lo mismo es una barrera difícil de superar. Por poner un ejemplo, si todos tus amigos van cada viernes a un bar y ellos van a ese bar porque otros amigos suyos también van al mismo sitio, te va a resultar muy difícil convencerles para probar otro local. Puede que el bar que a ti te guste esté más limpio y la cerveza sea mejor, pero al final resulta que está vacío.

Por supuesto, ha habido redes sociales a las que les ha ido bien en los últimos años. Algunas, en lugar de ofrecer el mismo servicio, proponían algo completamente diferente, como los playback de Musical·ly o como las historias con caducidad de Snapchat. Es decir, en lugar de abrir otro bar, montaron un restaurante. De hecho, a Facebook solo se le ocurrió dos formas de competir con Snapchat: primero la intentó comprar y luego la copió.

Otra opción es la de especializarse en usos muy concretos. Como ocurre con Telegram: su uso sigue siendo minoritario en comparación con WhatsApp, pero su mayor nivel de seguridad hace que se prefiera en ciertos contextos y por grupos más preocupados por este tema (incluidos muchos políticos). Es como si hubieran abierto un bar especializado en vinos o en cervezas artesanas. Igual te pasas un rato antes de ir al bar de siempre.